viernes, 8 de marzo de 2013





La ley y el sábado


Antes de que podamos considerar el sábado en relación con la ley de Dios, debemos recordar que Dios no dio jamás la ley como un medio de salvación (Rom. 3:28; Gál. 2:16). Ese fue el error de los judíos. El error del antiguo pacto, que desembocó en el fracaso más miserable (Rom. 9:30-33; Heb. 8: 7-11). Por lo tanto, cualquiera que guarde el sábado de Dios a fin de ser salvo, está repitiendo el error de los judíos y está pervirtiendo el propósito mismo del reposo del sábado. Cuando hacemos de la observancia del sábado un requisito para la salvación, no estamos en absoluto entrando en su reposo. No estamos conmemorando una salvación perfecta y completa. En lugar de eso, estamos convirtiendo el sábado exactamente en lo opuesto a aquello para lo que lo instituyó Dios. Lo estamos convirtiendo en un medio de salvación por las obras. Una tal observancia del sábado carece por completo de sentido.
¿Cómo, pues, guardará el sábado un cristiano que ha sido salvo por la gracia, por medio de la fe?
El Nuevo Testamento, especialmente el apóstol Pablo, enseña claramente que Dios no dio nunca su ley como un medio de salvación. De hecho, antes que Dios diese a los judíos su ley, en el monte Sinaí, les declaró: "Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de tierra de Egipto, de casa de servidumbre" (Éx. 20:2). Primeramente, Dios redimió a Israel, y después, dio su ley a los israelitas. Moisés aplicó específicamente ese principio a la observancia del sábado (Deut. 5:15). Sin embargo, aunque Dios no nos dio la ley como un medio de salvación, ciertamente quiere que consideremos su ley como la norma para la vida cristiana (Rom. 13:8-10; Gál. 5:13, 14; 1 Juan 5:1-3; 2 Juan 6).
La verdadera motivación para guardar la ley, dijo Jesús, es el amor (Mat. 22:36-40; Juan 14:15). El Antiguo Testamento concuerda con ello (Deut. 6:5; Lev. 19:18). Sin embargo, no está en nuestra mano el generar ese amor a partir de nuestras propias naturalezas pecaminosas puesto que se trata del amor agape, el amor que sacrifica el yo, un amor que solamente se origina en Dios. Por lo tanto, Dios nos da ese amor como su don a nosotros, mediante el Espíritu Santo (1 Cor. 12:31; 13:13; Rom. 5:5). Dios no nos da ese amor con el fin principal de que fluya hacia Él, lo que haría que Dios mismo fuese "egoísta", sino que nos da ese amor desprovisto de egoísmo a fin de que podamos reflejarlo hacia otros como evidencia del poder salvador del evangelio sobre el yo (Juan 13:34, 35; Rom. 5:5; 2 Cor. 5:14, 15). Eso es lo que significa tener la ley escrita en nuestros corazones (Heb. 8:10).
Los primeros cuatro, de entre los diez Mandamientos de Dios, tienen que ver con nuestra relación con Él; los últimos seis se refieren a la relación con nuestro prójimo. Puesto que el amor (agape) "no busca lo suyo" (1 Cor. 13:5), ¿cómo obedeceremos los primeros cuatro mandamientos en armonía con el carácter de Dios, desprovisto de egoísmo? Recordando que la única forma en la que podemos obedecer es mediante la fe. Sólo podemos obedecer los primeros cuatro mandamientos por la fe, viviendo la experiencia del nuevo nacimiento, y con esa experiencia viene el don del amor, que nos capacita para guardar los últimos seis mandamientos (amor hacia nuestro prójimo).
El Nuevo Testamento tiene poco que decir sobre nuestra obediencia a los cuatro primeros mandamientos, puesto que todo cuanto Dios pide de nosotros, en lo referente a nuestra relación con él, es fe (Juan 6:28, 29; Heb. 11:6; 1 Juan 3:23). Espera de nosotros que ejerzamos esa fe motivada por la apreciación profunda de su supremo don de amor, encarnado en Jesucristo (Gál. 5:6). De forma que la única forma en que podemos obedecer el cuarto mandamiento es por la fe: entrando por la fe en el reposo de Dios. En ese contexto, el sábado demuestra ser el sello de la justicia por la fe.

El significado del sábado, desde el punto de vista de Dios


La palabra sabbath significa "reposo", y el primer hecho que descubrimos en el Antiguo Testamento es que el sábado pertenece a Dios. Él lo llama "mi día santo" (Isa 58:13); "mis sábados" (Éx. 31:13). "El séptimo es sábado para Jehová tu Dios" (Éx. 20:10). Claramente, el sábado pertenece a Dios: es antibíblico calificarlo como el "sábado judío". Sí, fue hecho para el hombre (Mar. 2:27), pero no pertenece al hombre –sea éste judío o gentil–. Pertenece a Dios.
La siguiente pregunta lógica es: ¿Por qué razón el Dios todopoderoso, que obviamente no necesita descanso, apartó el séptimo día como su día especial de reposo? La respuesta bíblica a esa cuestión es que Dios separó ese día de sábado, ese día de reposo, para significar su obra perfecta y completa en la creación (Gén. 1:31; 2:1-3; Heb. 4:4). Ese hecho tiene una importancia capital para nuestra comprensión del evangelio.
Hemos de tener presente que ese sábado es el séptimo día de Dios, no el nuestro. Dios dedicó seis días para la creación de todo lo que es y tiene nuestro planeta. Entonces apartó (santificó) el séptimo día como su sabbath (Éx. 20:11). Adán y Eva fueron creados al final del sexto día (Gén. 1:26-31). Por lo tanto, el sábado (o séptimo día) de Dios, de hecho, para la raza humana fue el primer día completo de existencia. Veamos porqué es eso importante, especialmente al considerar el sábado a la luz de la redención en Cristo.
Dios obró seis días en la creación de este mundo. Solamente descansó cuando su obra fue perfecta y completa (Gén 2:1,3). Adán y Eva, por otro lado, no comenzaron obrando; dedicaron por entero su primer día de vida a reposar en el sábado de Dios. Solamente después que hubieron "entrado" en el reposo de Dios continuaron con los seis días de labor. El ser humano comenzó por recibir primeramente toda la obra de Dios como un don absolutamente gratuito. Solamente entonces pudo la humanidad disfrutar de la creación, en los restantes seis días de la semana.
Lo mismo que la creación, la salvación comienza, no haciendo algo, sino reposando en la obra perfecta y acabada de Jesús, realizada en su vida y en su muerte. Lo mismo que Adán y Eva dedicaron su primer día al reposo sabático, antes de emprender su actividad común, nosotros podemos disfrutar las bendiciones de la salvación solamente reposando primeramente en la perfecta justicia que Jesús ha provisto. Esa perspectiva muestra que el reposo del sábado viene a representar el fundamento mismo de la verdad gloriosa de la justicia por la fe.
Cuando Dios puso aparte (santificó) el sábado, entró en una relación de pacto eterno con la raza humana, una relación en la que el ser humano habría de depender siempre de Él. Así, cuando Adán y Eva pecaron, escogiendo depender de ellos mismos más bien que de Dios, rompieron ese pacto dado por Dios. Como resultado perdieron el verdadero descanso que el sábado simbolizaba. "Con el sudor de tu rostro comerás el pan" (Gén. 3:19). Pero Jesús vino a este mundo con el expreso propósito de restaurar ese reposo que la raza humana había perdido al caer en el pecado (Mat. 11:28). Haciendo tal cosa, restauró el significado del sábado. A fin de recibir las buenas nuevas de la salvación, hemos de retornar a ese principio fundamental del reposo sabático que fue dado a nuestros primeros padres.
El Nuevo Testamento aclara que Jesucristo fue el agente por medio del cual Dios llevó a cabo tanto la creación (Juan 1:3; Col. 1:16; Heb. 1:2,10) como la redención Juan 3:16, 17; Rom. 3:24; 1 Cor. 1:30; Gál. 3:13; Col. 1:14; Tito 2:14; Heb. 9:12; 1 Ped. 1:18; Apoc. 5:9). De la misma forma en que Cristo acabó la creación al final del sexto día y reposó el séptimo, acabó también la redención en la cruz en el sexto día y reposó en el sepulcro el séptimo día (Juan 17:4; 19:30).
Más aún, la obra de Cristo para la restauración, que será completa al final de su ministerio celestial (1 Cor. 15:24-26; Heb. 2:13), está también ligada al sábado (Isaías 66:22, 23). Su obra de restauración será una obra perfecta y completa, tanto como lo fueron la creación y la redención. Por lo tanto, el sábado tiene un triple significado para nosotros: creación, redención y restauración.
Dado que Cristo es nuestro Creador, Redentor y Restaurador, tiene el perfecto derecho a reclamar para sí el título de "Señor del sábado" (Mar. 2:28; Luc. 6:5; Apoc. 1:10). Cuando la nación judía lo rechazó como Mesías, su observancia del sábado perdió el significado. Es por ello que Hebreos dice: "Por lo tanto, queda un reposo [en el original escrito sabbatismos: reposo sabático] para el pueblo de Dios" (4:9). Toda observancia del sábado que no sea motivada por una respuesta de fe a la perfecta expiación efectuada por Cristo en la cruz, es falsificación, y pertenece todavía al antiguo pacto de salvación por las obras.

El reposo del sábado

El sábado es más que un día de descanso mental y físico. Es incluso más que un día para la adoración. El sábado tiene un significado definidamente redentor, está en estrecha relación con el evangelio eterno.El Nuevo Testamento utiliza frecuentemente la palabra reposo para referirse a las buenas nuevas de salvación en Jesucristo (Mat. 11:28; Heb. 4:2,3). Desde la misma entrada del pecado, ese prometido reposo salvífico en Cristo ha estado relacionado con el sábado. Es por eso que en el Antiguo Testamento a los días principales de fiesta se les designaba sábados de reposo. Todos ellos apuntaban hacia el Mesías, y hacia su obra redentora.
Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamares delicia, santo, glorioso de Jehova; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras, entonces te deleitaras en Jehova; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehova lo ha dicho así. (Isaias 59:49)